Stolpersteine – Tropezarse con el recuerdo

La Memoria Histórica no es un tema sencillo. Las distintas perspectivas desde las que puede ser analizada o vivida suelen generar debate. Uno de los debates más encendidos con respecto a la memoria en los últimos tiempos en Alemania es el que gira en torno a las Stolpersteine.

Estas “piedras zancadilleras” (traducción muy libre) son el producto de un proyecto artístico para materializar en el espacio urbano la memoria de las víctimas de los campos de concentración y exterminio nazis. Su intención última es devolver a dichas víctimas sus nombres y su sitio en las comunidades. En vez de crear un monumento para un grupo mayor o menor de víctimas, cada Stolperstein representa a un asesinado individualmente. Es proyecto ha alcanzado un gran éxito internacional, pero tiene también sus detractores – tan activos como influyentes.

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Una Stolperstein es un adoquín de cemento de forma cuadrada cubierto por una placa de latón en la que están inscritos el nombre y datos relevantes de la persona asesinada por los nazis. Este se coloca en la acera a la puerta de la casa – o, en algunos casos, lugar de trabajo – donde vivía la persona víctima de deportación. Pese a lo que el nombre podría indicar, la piedra se introduce en la acera quedando a ras del suelo. Las Stolpersteine no pueden generar accidentes pero pueden – y este es uno de los argumentos de los detractores – ser pisadas por simple descuido. El proyecto fue ideado durante los anyos 1990 por el artista berlinés residente en Colonia Gunter Demnig.

La primera Stolperstein fue instalada en Berlín en 1997 sin autorización de la ciudad. Esta fue reconocida y legalizada más tarde. Desde el 2000 el proyecto se ha expandido alcanzando gran cantidad de municipios alemanes. También se ha expandido a otros países europeos, incluyendo España. En total se han instalado unas 50.000 de estas piedras. Por ello podemos hablar sin duda de un gran éxito y una gran aceptación pública por este proyecto, pero no todo el mundo está de acuerdo. La discusión ha dado incluso paso a un fuerte rechazo en la ciudad de Munich. Pero el caso concreto de Munich merecería un artículo propio

El pasado 8 de septiembre del 2015, el foro de la Fundación Körber organizó un debate bajo el título “Streit um Stolpersteine” (la pelea por las Stolpersteine). La discusión fue muy instructiva y reflejó bien lo que significa esta “pelea” en la vida pública alemana. Y sin embargo hay que admitir que el debate no fue del todo justo: los participantes que apoyan al proyecto eran mayoría (dos a uno) y jugaban en casa. Entre los asistentes también había una clara mayoría a favor del proyecto. Y tengo que admitir, si no ha quedado todavía claro, que pertenezco a esa mayoría.

En la discusión participaban Peter Hess (coordinador del proyecto Stolpersteine en Hamburgo), Micha Brumlik (autor y publicista) y Daniel Killy (periodista). Este último estaba sólo oponiéndose al proyecto. Pero el hecho de que su tarea en el debate fuese tan complicada no disculpa lo mal que lo hizo: ponerse a la defensiva hasta el victimismo, utilizar argumentos ad hominem cuando no veía otra salida y repetir las tesis de su “bando” hasta la saciedad sin poder evitar que fuesen rebatidas. Carmen Ludwig de la fundación Körber, que ejercía de moderadora aquella tarde, lo intentó, pero no puedo evitar que el debate tuviese claros ganadores y perdedores.

Esto se debe principalmente al poco peso de los argumentos en contra de las Stolpersteine. El principal es la forma que tienen. El hecho de que pueden ignoradas o incluso pisadas. El artista lo compensa con el hecho de que, para leerlas, uno tiene que inclinarse ante la victima. Y cualquier monumento es parte del mobiliario urbano y puede ser obviado desde un principio o se empieza no prestarle atención cuando se pasa al lado por la enésima vez. Si, como algunos argumentan, se pusiesen placas en las fachadas de los edificios estas podrían acabar cubiertas de pintadas y, más problemático, habría que conseguir permiso del propietario del edificio para cada una, en vez de conseguirlo del departamento de urbanismo de la ciudad para el proyecto en general. Luego está el hecho de que hay familiares de victimas a quién no les gustan estos monumentos.

En estos casos, no se hacen. O, si se han hecho ya, se han eliminado o modificado, si lo que molestaba era la forma (a veces, el empleo de terminología nazi puede ofender aunque esté puesta entre comillas y en un contexto radicalemente opuesto). Esto último se debe a que no siempre se puede conseguir permiso de familiares por que a menudo no los hay o no están localizables. Y, encima, parece ser que en la mayoría de los casos en que los familiares han sabido de una Stolperstein ya instalada, han apoyado la idea.

Y luego está el punto de vista de que estos adoquines representan una especie de monopolio. Lo que son es una idea original que surgió cuando aún no había nada similar. Una idea que ha sido fácil de aceptar superando barreras ideológicas. Un tipo de monumento que no discrimina entre grupos de víctimas, que se puede instalar para cualquier individuo. La idea ha movilizado a numerosos grupos de voluntarios y puede ser llevada a cabo por cualquiera. Que combina trabajo manual con investigación histórica. A mi parecer, como ya habrán entendido, una buena idea. Y, por otro lado, no impide que se recuerde a las víctimas de otras maneras.

Parte de este argumento del monopolio es el hecho de que Gunter Demnig tiene los derechos de autor de las Stolpersteine y no las hace gratis. Esto me parece la manera más vil de oponerse al proyecto. Según ciertas personas, este tipo de labor no debería aportar dinero. Esta idea es terriblemente elitista. Las artes y el trabajo social sólo deberían ser hobbys de quienes tienen tiempo y dinero para ello. Partiendo de esto, sólo deberían llegar a la masa a través de un acto de caridad. No creo deber explicar aquí como me hace sentir este argumento.

Discutir sobre gustos no tiene ningún sentido. Pero el intentar paralizar un proyecto para la Memoria Histórica por que a uno no le gusta, me parece demasiado intransigente. Les recomiendo que, si pasean por alguna ciudad en Alemania, Austria, Belgica, Croacia, La República Checa, Francia, Italia, Hungría, Luxemburgo, los Países Bajos, Noruega, Polonia, Rumanía, Rusia,  Eslovaquia, Eslovenia, Ucraina o por Navàs cerca de Bacelona, miren de vez en cuando al suelo. Puede ser que se tropiecen con el recuerdo de alguien que vivió allí. Con el nombre de alguien a quién se lo quitaron para darle un número antes de asesinarlo.

O, si no, que hechen un vistazo a la página web del proyecto.

 

Header: Angelika Schoder – Hamburg, 2015

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