La Colección Carranza en los Reales Alcázares de Sevilla

No hay duda alguna sobre el atractivo turístico de Sevilla. Así como tampoco la hay sobre el hecho de que durante toda visita a la capital de Andalucía se deberían dedicar unas horas a los Reales Alcázares. Este complejo arquitectónico y jardinístico (que bien merece tal nombre), construido sobre un asentamiento romano y luego visigodo, ha sido residencia de dirigentes y monarcas musulmanes y cristianos desde principios del siglo VIII.

La armonía con la que los más diversos estilos artísticos conviven en él hace de este recinto un lugar único en el mundo. Su único inconveniente – si uno quiere considerarlo como tal – es su extensión. Debido a esta, en la penúltima visita que el equipo de MusErMeKu realizo a los alcázares una pequeña pero importante parte del recinto pasó desapercibida. A finales de diciembre del 2014 pudimos subsanar el error y ver la exposición de lozas y azulejos de Triana de la colección Carranza.

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Situada en tres salas del Cuarto del Almirante que se dedicaban anteriormente a exposiciones temporales, esta muestra permanente debería formar parte de toda visita al complejo. Esto debido a lo extraordinario de los objetos expuestos, la calidad de la información ofrecida, el no ser demasiado extensa y a su situación cerca de la entrada. El arte o artesanía – sin querer entrar aquí en debates estériles – de lozas y azulejos es uno de los aspectos más llamativos de la cultura andaluza e ibérica. Todo aquel que, como fue nuestro caso durante esta visita, no tenga el tiempo suficiente para desplazarse hasta el recientemente inaugurado Museo de la Cerámica de Triana (que también expone piezas de la Colección Carranza) podrá hacerse una buena idea sobre el tema en esta escueta exposición.

Hagamos un poco de Historia. La Colección Carranza es la realizada por el ceramófilo manchego Vicente Carranza Escudero durante gran parte del Siglo XX. Según parece, se trata de una de las colecciones de azulejos y cerámicas más importantes de España. Tras haber hecho donaciones considerables al Palacio de Santa Cruz de Toledo en 2001 y al Museo Comarcal de Daimiel (su ciudad natal) en 2005, se planteo la idea de donar en Sevilla para la exposición en los Reales Alcázares y para el Museo de Cerámica de Triana. Según se puede leer en un artículo del Diario de Sevilla sobre la inauguración de la exposición en los alcázares y en otro del diario ABC sevillano sobre el museo del barrio de Triana, el proceso fue largo, difícil y no del todo satisfactorio para el coleccionista.

La inauguración de la exposición en los Reales Alcázares se retrasó durante años hasta el 2 de diciembre del 2010. En aquel día se abrieron las tres salas que exponen piezas fechadas entre los Siglos XII y XVIII. La muestra es presidida por un busto de Miguel Ángel Carranza, hijo del coleccionista, a quien está dedicada la exposición ya que compartía la pasión de su padre y hubiese heredado su colección de no haber fallecido en 1995. A finales del 2010 se había prometido al Sr. Carranza que se abriría una cuarta sala dedicada a la cerámica de los siglos XIX y XX en un futuro cercano. Este proyecto parece estar completamente abandonado.

Esto me recuerda las palabras del profesor austriaco de diseño de exposiciones Karl Stocker, cuando encomendó a sus alumnos a nunca dejar nada para después de una inauguración por que las posibilidades de que se lleve a cabo son ínfimas. Si a esto se suma que el museo en el barrio de Triana expone menos de una tercera parte de las piezas que se habían prometido al coleccionista, uno puede comprender su aparente descontento. Sea como fuere, lo expuesto en los Reales Alcázares merece realmente la pena. Ya sea por el qué, como por el cómo se expone.

Teniendo en cuenta que mis conocimientos sobre lozas y azulejos son terriblemente básicos, no me siento en posición para juzgar el criterio de elección de los objetos expuestos. Sólo puedo decir que, siguiendo los textos aclaratorios de las piezas, uno tiene la impresión de que estas han sido escogidas de manera equilibrada, valorando tanto su estética como su ejemplaridad.

Si que me extenderé un poco más sobre el diseño de las salas su narrativa museográfica. Antes de entrar en las salas nos encontramos en un pasillo con grandes ventanales al exterior. En él, unas vitrinas de grandes dimensiones conteniendo piezas de gran tamaño y belleza, si bien algo fuera de contexto, obviamente destinadas a encaminar al visitante hacia la exposición. Ante la puerta de esta, el panel con el nombre de la exposición, el busto de Miguel Ángel Carranza y una explicación sobre el sentido de la muestra y el coleccionismo.

Al entrar en las salas, atravesamos un telón como en un cine de los de antes. Este es un elemento importante para el cuidado ambiente de la exposición. Las salas están oscurecidas y la única luz que tenemos casi es la que ilumina los objetos expuestos. Es todo está envuelto en una penumbra en el que las piezas parecen flotar. Al acostumbrarse los ojos a la oscuridad, podemos apreciar las obras, leer los textos informativos bilingues (castellano e inglés), y apreciar un gran trabajo de composición museográfico.

Las paredes está en gran parte cubiertas por un lienzo continuo que enmarca las vitrinas. Este está impreso con motivos sacados de la alfarería de Triana, y distraería mucho el ojo de las piezas expuestas de no ser por la cuidada iluminación. Debido a esta, la solución queda como un elegante detalle. Las vitrinas son de un dominante color gris oscuro que contrasta con los tonos de las obras para las que han sido hechas a medida.

El sistema de exposición usa diversos métodos para exponer las piezas, lo que añade dinamismo a una muestra que, de por sí y debido a su extensión, no puede hacerse monótona para el visitante. Los materiales empleados aparentan haber sido caros y los detalles de la construcción han sido muy bien cuidados. En general, la exposición no está sobrecargada de obras: cada una de las piezas tiene su lugar de ser en ella y cada una tiene la posibilidad de llamar la atención del visitante individualmente.

También quiero destacar la instalación expuesta en la sala interior: es una animación proyectada sobre el suelo del centro de la sala y acompañada por música antigua. Como otro elemento que añade variedad a la muestra, consigue no quedar como un alien en ella y aprovecha la excelente acústica de las salas. El único defecto que tiene es que no hay ninguna información sobre esta instalación. No hubiese estado de más añadir un panel con el nombre de los autores e información sobre las imágenes y la música empleadas. Por último, hay que mencionar que existe un acceso trasero a las salas con ascensor. Esto dota a las exposición de accesibilidad, lo que no siempre es fáciles en edificios protegidos por las leyes de patrimonio.

El tiempo que uno puede dedicar a estas salas – entre 10 minutos y media hora – merece realmente la pena. Lo hace incluso si uno no se interesa demasiado por el diseño de exposiciones. Cuando, a la salida del recinto, preguntamos en la tienda por un catálogo de la exposición, nos informaron de que existe, pero no estaba en almacén en ese momento. Hasta la fecha seguimos esperando que nos informen sobre como conseguirlo. En cualquier caso, si van a Sevilla, no se pierdan ni los Reales Alcázares ni esta exposición, pequeña pero matona.

 

Header: Angelika Schoder – Sevilla, 2014

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