Contra profetas y finalismos

Mario Vargas Llosa es un autor nacido en Perú en 1936, de doble nacionalidad peruana española, cuya fama internacional le llevó a recibir el Premio Nobel de Literatura en el 2010. Gene Simmons es un músico estadounidense nacido en Israel en 1948, famoso por su maquillado carácter The Demon como cantante y bajista en el grupo de rock Kiss, y por su larguísima y articulada lengua. Poco o nada tienen en común estas dos personas. Sin embargo, y por motivos muy diferentes, ambos me han hecho recordar con su reciente presencia en los medios de comunicación el exabrupto intelectual que Francis Fukuyama publicó en 1989 bajo el título “The End of History?” Vayamos por partes.

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Gene Simmons parece no haber envejecido demasiado bien. Especialmente si lo comparamos con otros músicos de su generación como Robert Plant (que fuera cantante de Led Zeppelin), Iggy Pop o David Bowie. Desde hace años, y si ignoramos sus actividades no musicales, se dedica principalmente a despotricar sobre la crisis que la industria musical sufre debido a la digitalización de los medios y a la globalización de las comunicaciones debida a Internet. Su idea general es que los consumidores son una especie de asesinos de la música. El pasado 4 de septiembre de 2014, la revista Esquire publicaba una entrevista que le hizo su hijo Nick Simmons. En ella, Gene Simmons daba otra vuelta de tuerca a su visión apocalíptica sobre la situación de la cultura musical. De hecho, parece dar por cumplidas todas sus profecías al respecto. El título de la entrevista sentenciaba:

“Rock is finally dead.” (El rock a muerto definitivamente)

Sin querer quitar a Simmons el derecho a opinar, prefiero quedarme con los llamamientos a la inmortalidad del rock que hicieron en su momento AC/DC (“Rock’n’Roll Aint‘ Noise Pollution”) o incluso Mannowar (“The Gods Made Heavy Metal”), por poner dos ejemplos. Las declaraciones de Simmons me recordaron a Fukuyama por esa idea de que existen auténticos puntos finales en los procesos culturales humanos.

Esta idea se repite a menudo cuando alguien, ya sea desde un ámbito más popular o más académico, pretende convencernos de que ha desvelado el sistema según el cual funciona la humanidad y de que puede predecir el futuro. Hay que remarcar que la idea de Simmons y la de Fukuyama proceden de situaciones completamente opuestas. La del primero es la del viejo que se siente derrotado por los cambios a su alrededor y se nutre del tópico de que una edad de oro ha dejado paso a una edad de hierro. Viviríamos pues en una especie de Kali iugá. Si algo se aprende estudiando Historia es que esta idea, tan vieja como la humanidad, siempre ha sido un error.

La idea de Fukuyama nace de lo opuesto: la euforia del vencedor. Como es parte del bando que ha ganado la Guerra Fría, cree que puede usar los principios hegelianos para anunciar la llegada de la utopía de la democracia capitalista. De dónde se saca que el parlamentarismo y el capitalismo sean sistemas sin conflictos internos, con la estabilidad estructural suficiente para formar una utopía, no me queda nada claro. Dónde vio indicios del desarrollo de una utopía tal, tampoco. Ni por qué creía que el capitalismo podría imponer su utopía cuando el comunismo real no se había acercado realmente a la suya. Aquí vale lo mismo que con el fatalismo apocalíptico de Simmons: por mucho que se repitan estas ideas a lo largo de la Historia, ni el mundo se acaba, ni la edad de oro llega.

Pasemos a Vargas Llosa. Este publicó un artículo de opinión el 7 de septiembre en el diario El País bajo el título “Las guerras del fin del mundo.” El título me hizo esperar algo mucho peor de lo que el artículo realmente contenía. En él habla del error “optimista” de Fukuyama mientras describe una larga lista de conflictos geopolíticos y militares que afectan al mundo. Sin embargo, acierta en no caer en un fatalismo apocalíptico. Al acabar la lectura parece que el título ha sido una ironía sin gracia. Acierta Vargas Llosa, a mi parecer, al decir “Esa guerra nunca nadie la ganará de manera definitiva […]”. En esto muestra, pese a su cercanía ideológica con Fukuyama, una sensatez que le honra.

Pero el artículo no deja por ello de ser tendencioso. Vargas Llosa define el devenir del mundo desde una perspectiva simplísticamente dualista. Habla de “civilización y barbarie” cuando quiere decir Bien y Mal o, más concretamente, Occidente y Oriente. Los conflictos geopolíticos a los que alude han sido escogidos cuidadosamente para fundamentar su teoría de que la Guerra Fría nunca acabó y que el comunismo ha sido suplantado por el fundamentalismo islámico, el nuevo enemigo. A parte de referencias a Cuba y Venezuela (si no las hiciese, no sería un artículo de Vargas Llosa) todos los demás conflictos a los que se refiere son clara y exclusivamente aquellos que enfrentan a occidente con oriente. El Señor Vargas Llosa parece pintar el mundo como una eterna batalla de Armagedón. Y tampoco queda claro, si “el enemigo es ahora el radicalismo islámico”, dónde encaja el conflicto con Rusia. No es que Vargas Llosa mienta en su artículo, pero las verdades que expone se reducen a aquella que simplifican el mundo para que quepa en su teoría.

Las utopías podrían ser una herramienta útil si se las contemplase como una imagen hacia la cual debería tender el mundo. Cuando se las intenta imponer acaban no pareciéndose en nada a la idea original, generando nuevos conflictos y devorándose a si mismas. Puede que Marx – o más bien los que vinieron detrás de él – se equivocase rotundamente en sus visiones utópicas, pero su análisis del capitalismo parece mucho más acertado y serio que el que hizo un siglo más tarde Fukuyama. Podríamos afirmar con algo de certeza que siempre habrá conflictos mientras haya Historia, y siempre habrá Historia mientras el ser humano no se extinga o pierda la capacidad de conservarla. Y, por mucho que nos guste marcar fechas exactas para inicios y finales de estos conflictos, la estructura de la Historia no es rígida.

Los conflictos duran más que las guerras, van evolucionando y cambiando, y si parecen apagarse, suelen encender nuevos conflictos en el proceso. Y estoy hablando de conflictos en plural, por que simplificar el mundo en un gran dualismo sólo funciona en las mitologías y otras obras de ficción. Así que, queridos lectores, el rock puede haber cambiado pero no está muerto.

 

Header: Angelika Schoder – Berlin-Pankow, 2013

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