El antisemitismo que nunca se fue

Pocos temas preocupan tanto y desde hace tantos años a la opinión pública internacional como la situación geopolítica en Oriente Próximo. Especialmente, y eclipsando a menudo la atención que otros conflictos en la región merecerían, en cuanto se refiere al denominado conflicto palestino-israelí. En los últimos tiempos, debido a los bombardeos en la franja de Gaza, este debate se ha intensificado.

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Debatir siempre suele ser algo bueno. Pero a lo que estamos asistiendo tiene a menudo poco que ver con el intercambio de opiniones e ideas. Este debate lleva décadas envenenado, pero estamos asistiendo a una autentica escalada del odio; de toma de posiciones intransigentes en las que se simplifica todo en un esquema de “buenos” y “malos”; de la generalización de las personas en bandos y de la deshumanización de aquellos a los que se considera el bando opuesto. Ya mencioné en una entrada reciente sobre el genocidio ruandés que estos dos pasos, generalización y deshumanizacion, han sido demasiadas veces el preludio a un genocidio.

Evidentemente se puede hablar en este conflicto de víctimas y verdugos, pero limitarse a los de un bando u otro no parece ser nada productivo si lo que se está buscando es poner fin al conflicto. Y este no parece ser el interés principal de muchos participantes en este debate. Más bien, estamos asistiendo – desde un punto de vista europeo occidental – al abuso de este conflicto por parte de dos sectores de opinión para favorecer posiciones islamofóbicas unos, y antisemitas otros. Sobre las consecuencias te estas posiciones quisiera hablar en esta entrada usando ejemplos de la actualidad francesa y alemana.

Si hablamos de Francia y Alemania, lo estamos haciendo sobre dos países que participaron de manera directa en la Shoah. El caso alemán es claro, pero el grado de colaboración desde la Francia ocupada y la de Vichy no debería olvidarse nunca. En ambos países y desde el final de la II Guerra Mundial se han venido haciendo grandes esfuerzos por parte de instancias oficiales y agrupaciones civiles por enterrar culturalmente al antisemitismo. Tanto es así que muchos creían haber arrinconado a esta forma de xenofobia en sectores muy minoritarios de la sociedad.

De esta manera, y ante la oleada de agresiones antisemitas que se están produciendo en toda Europa, de Ucrania al Reino Unido, el pasquín populista alemán Bild – diario más leído de la república federal centroeuropea – titulaba a toda portada su edición del 25 de julio del 2014 con la frase “Nie wieder Judenhass” (“Antisemitismo, nunca más”). El titular hacía referencia a una campaña de recogida de declaraciones de personalidades de todos los ámbitos de la vida pública alemana que elevan su voz contra el antisemitismo. En esa misma edición se publica un artículo que dice haber encontrado los culpables de la situación. El periodista Henryk M. Broder habla de “antisemitismo de importación” en su texto titulado “Wer sind die neue Juden-Hasser?” (“¿Quiénes son los nuevos antisemitas?”) refiriéndose a que “los protagonistas son en su inmensa mayoría árabes y turcos[…]”. Aquí tenemos el problema mencionado arriba: parece que ciertos sectores son incapaces de criticar un tipo de xenofobia sin ser xenófobos. Parece que estemos condenados a escoger entre un genocidio u otro. En territorio europeo, entre querer expulsar a nuestros conciudadanos de origen judío o a aquellos con raíces en el mundo musulmán.

Si bien la situación es lo suficientemente grave como para hablar de una nueva oleada de antisemitismo en Europa, hablar de un nuevo antisemitismo no parece ser lo correcto. Negar una continuidad entre el caso Dreyfuss y recientes ataques hacia las comunidades judías me parece un truco para desplazar las culpas y confunde el origen del problema. La repugnante broma que el fundador del Front National (FN) francés, Jean-Marie Le Pen, hizo durante un discurso el pasado 8 de junio es uno de los muchos ejemplos de esto. Se podría contra-argumentar con la posición oficial que tomó el partido frente a estas declaraciones. Sin embargo, la postura actual de Marine Le Pen frente a las comunidades judías no parece tener su origen en una simpatía genuina hacia estas, si no más bien en su islamofobia y en un intento de ser políticamente correcta y no sabotear su preocupante éxito electoral.

Esta tendencia frente a los judíos de algunos sectores de la extrema derecha populista europea contrasta con la campaña de estos grupos para favorecer los discursos políticamente incorrectos – lo que da claramente alas al antisemitismo. Volviendo a Alemania podemos usar dos ejemplos: Por un lado, el partido populista Alternative für Deutschland (AfD, Alternativa para Alemania) con su lema electoral “Mut zur Wahrheit” (“valentía para decir la verdad”) que utilizan como pie para justificar la xenofobia, la homofobia y combatir el “buenismo”. Por otro lado el miembro del partido socialdemócrata, ex-banquero y autor de best-sellers Thilo Sarrazin, que esparce en sus obras, tremendistas y apocalípticas, teorías socialdarwinistas – y básicamente xenófobas y en concreto islamófobas – sobre la decadencia de Alemania.

Estas tendencias se escudan en la mentalidad social que podríamos resumir con la popular coletilla “Das wird man doch noch sagen dürfen!” (“¡Habrá que tener derecho a decir estas cosas!”). Así se protegen de aquellos que les tildan de “nazis”, con un vulgar abuso de la libertad de expresión. Esto mismo hacen los antisemitas en Europa: aquellos que cruzaron hace tiempo la frontera entre criticar decisiones del gobierno y ejercito israelís y negar el derecho a existir a dicho estado. Aquellos que, con la excusa de proteger – más bien vengar – a unas victimas, aspiran a generar nuevas victimas. Aquellos que se oponen al estrado de Israel y atacan a las comunidades judías en otros estados. Dos actitudes despreciables por separado pero que, combinadas, son una terrible contradicción.

El antisemitismo es uno de los rasgos más repugnantes de nuestra cultura. Y nunca se había ido. Puede que haya estado menos de moda durante un tiempo pero los hechos y las estadísticas prueban que ha vuelto a la superficie. Denunciarlo y combatirlo debería considerarse un deber cívico. Y sólo tiene sentido hacerlo sin atacar a minorías en nuestras sociedades o trivializar el sufrimiento de ninguna de las víctimas.

 

Header: Angelika Schoder – Berlin, 2009

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