Ruanda, el genocidio hecho a mano de hace 20 años

El año 2014 sigue trayendonos a la memoria aniversarios de hechos horribles: el inicio de la I Guerra Mundial y la victoria de los golpistas en la Guerra Civil Española. El día en el que se publica este artículo, el 17 de julio del 2014, se cumplen 20 años de uno de los mayores horrores que mi generación puede recordar: el genocidio ruandés.

Durante los 100 días que fueron del 6 de abril al 17 de julio de 1994 miembros de la etnia mayoritaria del país, los hutus, mataron a más de 800.000 tutsis – segunda etnia en número y la que había controlado tradicionalmente la política del país – y hutus que se negaron a participar en los hechos. Lo que añade más horror si cabe a esta masacre, es que fue llevada a cabo en su mayor parte por civiles armados casi únicamente con armas blancas.

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Resumamos muy escuetamente cómo pudo llegarse a ese extremo. Hasta 1895, Ruanda fue una monarquía con una casa real tutsi. En ese año y hasta el final de la I Guerra Mundial, sería una colonia alemana. La Sociedad de Naciones otorgaría entonces a Belgica el mandato sobre el país. Los belgas confiaron en las jerarquías sociales de Ruanda, en las que los tutsis eran dominantes. Mantuvieron a la monarquía tutsi en su puesto y desarrollaron un censo y un sistema de documentos de identidad que detallaban la etnicidad de cada persona. Con la muerte del último rey tutsi en 1959, los hutus se alzaron en armas contra la hegemonía tutsi con el apoyo de los belgas. Esto llevo al asesinato o el exilio para miles de tutsis.

Las primeras elecciones municipales ruandesas de 1960 vieron la llegada de una mayoría de Hutus al poder. Un año más tarde se abolió la monarquía y en 1962 el país se independizo de Bélgica. El Partido Nacionalista Hutu se hizo con el poder. Al convertirse este en partído único, las masacres y la represión hacia los tutsis se intensificaron. La jerarquía tutsi fundaría desde el exilio el Frente Patriótico Ruandés (RPF, en sus siglas en inglés) para contraatacar. Esta situación desembocaría en una guerra civil entre 1990 y 1993. Esta culminó en los tratados de Arusha en los que el Partido Nacionlista y el Frente Patriótico acordaron compartir el poder político.

Al año siguiente, mientras lo acordado en el tratado de paz estaba siendo puesto en práctica, el avón el el que viajaba el presidente hutu del país fue abatido, causando su muerte entre otras. Pese a no estar nada claro quién abatió el avión, las fuentes oficiales culparon a los insurjentes tutsis. En un discurso en la radio, un miembro de Poder Hutu, expone con claridad los pasos psicológicos que suelen llevar a los más dramáticos crímenes contra la humanidad: ofrecer una solución drástica y sin pruebas a un problema que se presenta como el paradigma de todos los problemas (en este caso, han matado al presidente y han sido los tutsis); extrapolar una posible culpa individual o de un grupo de individuos a toda la comunidad que se quiere masacrar (no han sido unos tutsis, han sido los tutsis, todos los tutsis); deshumanizar a dicha comunidad para reducir a un mínimo la oposición interna al genocidio (en el caso del discurso no se habla de tutsis, si no de cucarachas); y, finalmente, llamar a la acción en nombre de algo que se considera por encima de la vida de las personas y que no se discute (aquí, citando a la Biblia).

El ejercito ruandés y sobretodo los Interahamwe (milicias civiles creadas durante la guerra de los tres años anteriores) comenzaron a perpetrar – a mano – uno de los mayores genocidios de la historia. En los 100 días que transcurrieron hasta que los insurjentes del Frente Partiótico tomasen la capital del país, más de 800.000 personas fueron asesinadas de las maneras más horribles (estamos hablando de unos tres cuartos de la población tutsi del país), un cuarto de millón de mujeres fueron violadas de entre las cuales una mayoría contrajo el virus del SIDA y los supervivientes quedaron traumatizados y mutilados. Todo ello mientras la comunidad internacional actuaba poco, mal y nunca.

Coincidiendo con los 20 años del final del genocidio, el periodista Nacho Carretero y el fotoperiodista Alfons Rodríguez han realizado un corto documental titulado “Ruanda, Los Cien Días del Horror.” Quiero recomendar desde aquí que mis lectores se tomen el cuarto de hora que dura este excelente documental que da voz a algunos supervivientes y ofrece una idea de lo difícil que es la vida en la Ruanda de hoy. También recomiendo que se le heche un vistazo, o incluso una lectura detenida, a la página web del Holocaust Memorial Day Trust. Esta fundación benéfica inglesa ofrece gran cantidad de información, en inglés, en torno a los genocidios de la historia contemporánea (entre ellos, el ruandés) y merece a mi parecer atención y apoyo.

 

Header: Angelika Schoder, 2016

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